viernes, 11 de octubre de 2013

Los contadores de historias





Me gusta escuchar. Me encanta que me cuenten historias, de cualquier tipo. Y como me gusta tanto escuchar, suelo toparme con gente a la que le gusta mucho hablar. De años y años de experiencia como escuchadora he creado una pequeña y particular clasificación de tipos de contadores de historias:

Los desorientados: Son los que empiezan a contarte una historia, en principio interesante y de pronto se van por las ramas. Siguen yéndose, más, y más lejos, y tienes que estar devolviéndoles continuamente al hilo argumental para que te terminen de contar la historia que iniciaron. Si fuera por ellos, jamás la retomarían.

Los rectos: Justo a la inversa. Se trata de esas personas que empiezan a contarte algo que no te interesa y de pronto, de manera casual, aparece algún detalle que sí te llama la atención. Intentas tirar del hilo y sonsacar información sobre ese nuevo tema, pero la persona no está dispuesta en ningún caso a interrumpir o abandonar su historia, así que responde sin ningún entusiasmo a tus preguntas y vuelve a lo suyo, que sigue sin interesarte.

Los repetitivos: Te cuentan una misma idea, una vez y otra y otra vez. Cambian un poco las palabras y los enfoques, pero la idea principal sigue siendo siempre la misma, repetida y repetida y repetida. Y la pillaste a la primera.

Los martillos: Te machacan, acribillan, taladran y consumen toda tu energía en un discurso inagotable, en una verborrea desbocada y asfixiante. Cuando de forma absolutamente anómala formulan alguna pregunta se responden a sí mismos. Lo único sensato que puede desearse si se trabaja cerca de algún martillo es que se vaya pronto, muy pronto, a tomar por saco.

Los imprecisos: Son aquellos que han oído una historia, la han transformado a su manera y no se han hecho grandes preguntas, así que no saben responder a las tuyas. Es probable que la historia sea cierta, (cosa que por otra parte para mí es lo de menos), pero no lo parece. Dentro de este grupo podríamos incluir a los desmemoriados, incapaces de dar datos concretos que documenten o justifiquen su historia.

Los exagerados: Cogen una pequeña anécdota y la multiplican por mil. La aderezan con cientos de detalles morbosos, generalmente inventados o imposibles. Nadie termina de creerse nunca nada de lo que cuentan, pero qué más da, son muy divertidos.

Los pedantes: Saben más que cualquiera sobre cualquier historia. Si están escuchando una, ya la han oído antes y mejor, e interrumpen constantemente para aportar detalles históricos o técnicos que la completen. Éste grupo espera del escuchador grandes dosis de admiración y reverencia.

Los carismáticos: Uno entre un millón. Da igual que hable de política, del cambio climático o de la cría de osos panda. Saben de todo sin caer en la pedantería. Son capaces de transformar una historia soporífera en algo emocionante. Nunca se le acaban las historias, son divertidos y grandes conversadores. Dejan que el escuchador participe y responde a todas sus preguntas con interés y satisfactoriamente. Da igual lo guapos o lo feos que sean porque te van a enamorar, no hay escapatoria. Me he encontrado con dos en toda mi vida.

Y esta es mi clasificación. Si yo tuviera que clasificarme a mí misma, creo que me consideraría una mezcla entre imprecisa desmemoriada y exagerada.
Por otra parte, tengo que admitir que aunque me guste mucho escuchar, muchas veces me conecto el piloto automático y me puedo pasar horas con ajás, sí, mmm, ¿en serio? y pensando en mis cosas. Lo mejor es que los habladores de verdad, aquellos de los que te desconectas, casi nunca se dan cuenta, y es que si hay algo que también tengo muy claro, es que la mayoría de las personas que hablan tanto lo hacen sencillamente porque les encanta oírse.

lunes, 3 de octubre de 2011

Bolsas


Es cierto. Nadie debería perder ni un minuto de su vida en intentar abrir una bolsa que se resiste a ser abierta. Hablo de una de esas bolsas de supermercado que vienen casi siempre pegadas y que hay que friccionar con los dedos para que se abran. Puede que la dichosa bolsa venga defectuosa de fábrica, o puede que, tal vez, aun pudiendo, no le de la gana de abrirse. Así de sencillo. Perder más de un minuto en intentarlo es gastar una energía y un tiempo que el asunto en cuestión no merece.

Se trata de saber escoger qué batallas librar, dijo mi amigo Morel. Y de repente, con esa frase aparentemente sencilla, se me encendió la luz.

Tal vez no soy capaz de escoger bien qué batallas librar. Tal vez no soy capaz de aceptar una realidad distinta a la que mi mente ha registrado. Las bolsas se abren, tienen que abrirse, y dentro se les introduce los alimentos y la pasta de dientes, es así como funciona. Una bolsa cerrada se transforma entonces en un reto, en algo personal, en algo que altera el estado previsto de las cosas y que yo pretendo entender, remediar. Así que sigo estudiando la bolsa y la manera de abrirla, y sigo dejándome los nervios y la yema de los dedos en un objetivo absurdo e imposible. ¿Qué tal aceptar que hay cosas que escapan a mi control y que no dependen de mí? ¿Qué tal si por una vez pienso que si la puñetera bolsa no se abre, no es porque yo lo esté haciendo mal, porque yo no sepa cómo abrirla, sino por cualquiera de los millones de motivos por los que una bolsa no puede ser abierta, motivos, todos ellos, ajenos a mi persona y que no está en mi mano conocer, ni mucho menos remediar?

Así que he decidido canalizar y centrarme en lo que sí es importante, en aquellas batallas que sí merecen ser libradas, en aquellas en las que los beneficios al conseguir el objetivo sí merezcan la energía y el esfuerzo dedicado.
Y le digo adiós a las bolsas pegadas. Sobre todo porque hay millones abiertas.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Un adiós a la francesa


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A)


N. lleva algo menos de un año saliendo con X. Se llaman y se ven a diario. Los fines de semana los pasan juntos, en casa de N. o en casa de X.
N. se siente cómoda con X. No es un amor de fuegos artificiales. Ni de mariposas, ni de extremos. Es un amor de domingo y de sofá. De pijama y calcetines gordos, de pipas. Un amor equilibrado, sin sobresaltos, sin altibajos, sin subidas, sin bajadas, sin vuelcos de estómago. Un amor amortiguado que ofrece continuidad, estabilidad, seguridad, permanencia, paz.
Mientras N. se fuma un cigarro, me explica que ella no busca intensidad en las relaciones. No a estas alturas del partido.
A mí me sorprende tan poca pasión en una pareja tan reciente.

B)

Un buen día, o más bien malo, N. llama a X. y él no le responde.
Dos horas más tarde vuelve a probar con igual resultado. Insiste y le deja un mensaje en el buzón. Un mensaje al que X. no responde.
Esa noche N. no pega ojo. Da mil vueltas en la cama planteándose diferentes escenarios, a cual peor. A primera hora de la mañana le vuelve a llamar. Varias veces. Varios mensajes. Nada. Le escribe un email: sólo dime si estás bien, le implora.
A las pocas horas le consta que está bien gracias a una red social. Me gusta, dice X. a una foto de un perrito.
N. no entiende el comportamiento de X. Puede aceptar y entender y asumir y acatar cualquier decisión, pero quiere, merece, necesita, exige una explicación, un cierre, una despedida, un funeral, un entierro, un duelo.
No soporta la incertidumbre.

C)

A partir de ese momento los errores de N. se suceden y multiplican. Vuelve a llamar mil veces más. En los largos mensajes que le deja en su buzón se rebaja, se humilla. Su tono de voz es a veces implorante, a veces agresivo. Le insulta, le monta escenas telefónicas que está segura él no escuchará. Llora. Maldice. Le espía. Espera horas camuflada en las esquinas. Sufre vuelcos de estómago cada vez que lo ve. Taquicardias, subidas, bajadas. Creo que hay una tercera persona, me dice entrecerrando un ojo. Deja de comer. No habla de otra cosa que de X. Le insulta hasta no poder más. Después dice que le quiere, que le desea, que se muere por él, que nunca había sentido algo igual.
A mí me sorprende tanta pasión a estas alturas del partido.
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martes, 3 de mayo de 2011

Invocaciones

I

En ocasiones veo muertos. Qué va, es mentira. Lo que sí es verdad es que de vez en cuando me suceden ciertos fenómenos igualmente poco explicables. Como ejemplo, algo reciente. Se trata de una persona a la que no veo desde hace veinte años. No exagero. Veinte. Un día, encuentro un CD con canciones de los Héroes del silencio. Lo pongo. Son canciones antiguas, muy antiguas. Suena Agosto. Flor venenosa. Me recuerda a esa persona. Es un flash, una relación de ideas rápida, fugaz. No es siquiera un pensamiento completo o un recuerdo concreto. Esa persona se me cruza por la mente. Y esa misma tarde, mediante un método absolutamente sorprendente, (me encantan los blogs), esa persona se pone en contacto conmigo. Sin saber que soy yo, la misma adolescente delgaducha que observaba detrás de las puertas. Ahora, eso sí, completamente desarrollada.

II

Estoy segura de que le sucede en mayor o menor medida a todo el mundo. Soñar con alguien a quien hace tiempo que no ves, y encontrártelo ese mismo día. Pensar en alguien y recibir un email de ese alguien en ese mismo momento. Decir iba a llamarte ahora, y que sea verdad. Todas aquellas veces que jamás podrán demostrarse, en que dos personas coinciden pensando juntas en lo mismo. No puedo evitar ponerme metafísica y pensar que de algún modo estamos todos conectados. Como en una inmensa red. Que nuestra energía, la que generan nuestros pensamientos, es capaz de llegar de algún modo a las personas a las que invocamos, como por ondas magnéticas. Que existe un efecto llamada y un efecto respuesta.

III

De ser así, ¿quién invoca a quién?, ¿quién toma la iniciativa?. No es que tenga mayor importancia quién da el primer paso, pero me encanta la idea de que mi pensamiento tenga la capacidad suficiente, la potencia necesaria como para provocar una reacción en otra persona. Una especie de llamada mental inconsciente que diga eh, estoy cerca, mi energía está cerca, piensa en mí. Encuéntrame.
Es posible que como siempre me esté complicando. Tal vez existe una explicación más simple. Una inmensamente más triste y aburrida, vale, pero también menos esotérica: casualidades de la vida.
Pero es que yo no creo en las casualidades.

martes, 12 de abril de 2011

Bridge

Hace ya un tiempo, tal vez un par de años, escribí un post sobre palabras que me parecían horribles. Hoy se me había ocurrido escribir otro sobre palabras que me gustan. Pero después de reflexionar largamente, he llegado a la conclusión de que no soy objetiva. Las palabras que me gustan lo hacen por lo que me recuerdan o evocan, pero no por cómo suenan. Y lo peor es que existe una frontera muy difusa entre lo que me gusta y lo que me repele. Es curioso cómo una misma cosa me puede llegar a gustar precisamente por la rabia que me da. En fin, contradicciones aparte, como no encontraba muchas palabras que me gustaran auténticamente porque si, por su fascinante sonoridad, he pensando en hablaros de la palabra Bridge.

Sí, Bridge, en efecto, la palabra inglesa. Os explico. La palabra Bridge te sale de la boca de un solo golpe seco. Decirla es liberadora, te desahoga, te vacía la boca, te remueve y te limpia por dentro. Que una palabra con tanto potencial como Bridge signifique algo tan neutro, tan absurdo, tan inadecuado como puente, es decepcionante. Alguno dirá que la palabra bitch se le parece, y que puede llegar a desahogar lo mismo. Nada que ver, amigos. ¡Nada que ver! “Son of a bitch” no tiene ni la mitad de potencia, ni queda ni la mitad de bien de lo que podría quedar “Son of a bridge”.

Sí, ya sé que es fácil que no tengáis una opinión demasiado formada al respecto. Pero me atrevo a sugerir que nunca es tarde para la reflexión.

lunes, 4 de abril de 2011

Larga vida a los blogs

No, no, no… mis blogs no están muertos. Que están tocados, vale, lo admito. Que los he descuidado, vale, lo admito. Que mi inconstancia como era previsible ha hecho mella por fin, y hace tiempo, vale, lo admito. Pero que estos blogs estén muertos, eso no. Todavía no. Voy a revitalizarlos. Voy a volver a publicar. A post por semana. Vale, cada dos, hay que ser realistas. Y voy a comentar en vuestros blogs, porque leeros ya lo hago. Y voy incluso a cambiarle el diseño y los colores a este azulón anodino que tan poco me gusta. Y si voy a hacerlo, amigos, si voy a hacerlo, es tan sólo por una cosa: porque los blogs molan. Y sobretodo porque las personas que se conocen mediante los blogs, molan. Y porque recibir vuestros comentarios es una pequeña alegría, un estímulo que, en definitiva, me hace la vida un poquito más feliz. Y porque lo echo de menos. Porque os echo de menos.
Larga vida a los blogs.

jueves, 3 de febrero de 2011

Píxel

A veces me siento como un pequeño píxel dentro de la inmensa pantalla de la vida. Un píxel que forma parte de algo, de una proyección que tal vez tiene sentido en su globalidad, observada desde fuera y con una perspectiva que soy incapaz de comprender. Yo, un píxel pequeño y miserable, miro a mi entorno y brillo como todos los píxeles cuando toca brillar. Me coloreo como todos los píxeles cuando llega el momento. Me oscurezco como todos los píxeles cuando es necesario. Y no vale la pena cuestionarse ni el por qué ni quién lo ha decidido, ni con qué fin, ni si existe realmente un fin. O mejor, sí vale, pero es inútil. ¿Qué sucede cuando un píxel se apaga definitivamente? Nada, no cambia nada. Tal vez sí afecte a sus píxeles colindantes, pero en modo alguno a la globalidad. Y tal vez nada cambia porque todo es casual. Tal vez nada tiene sentido ni siquiera en su globalidad, tal vez ni siquiera existe ese algo capaz de comprender el todo, tal vez, y lo más jodido del caso es que es lo que realmente sospecho, tal vez es que no hay nada que comprender. Destino, casualidad, causalidad, vida y muerte. ¿Libertad?

Hoy me siento como un pequeño píxel dentro de una pantalla gigante.

martes, 16 de noviembre de 2010

La cara como espejo del alma

Me parecía un tipo raro. Faltaba casi siempre a las clases, y cuando asistía, jamás participaba. Nunca daba su opinión, nunca hablaba con nadie. Se limitaba a observar. Te observaba fijamente, de una manera que llegaba a incomodarte.
Se acabó el curso y organizamos una cena. Nadie contaba con que él asistiera, pero asistió. Y además se sentó a mi derecha. Iniciamos una conversación, en principio bastante forzada, pero poco a poco se fue distendiendo.
—¿Te vas a matricular el año que viene?—pregunté yo.
—No, qué va. Voy probando cosas. Cada año empiezo algo nuevo. El año pasado me dio por la morfopsicologia.
—¿Ah, sí?
—¿Sabes lo que es?
—Pues por el nombre me lo imagino, pero no sabía que se estudiara.
—Sí, hice un master en la Pompeu, y me vino super bien. Es que soy abogado. Miro a las caras y sé al instante a quién tengo delante. Muy práctico.
—¿En serio?
—Totalmente. Ya el primer día de clase os cliché a todos.
—Ya, claro…
—Te lo juro. Mira, fulanita por ejemplo. Su boca domina toda su cara, está hecha para comunicar. Es además una persona muy sensible, lo vemos en sus cejas arqueadas hacia abajo. A Zutanita le pasa justo lo contrario, mira qué boca tan fina tiene, sus labios son una ralla y hacia abajo, pesimista y poco comunicativa. Y a Menganita por ejemplo, supe al instante que le iba mucho el sexo.
—Estás flipando, jajaja
—Va en serio, fíjate en su mandíbula, esa mandíbula lo dice claramente.
—Pues eso no podemos demostrarlo ¿no?
—Hace un rato ha dicho que se ha apuntado a un curso de relato erótico.
—¿Y qué?
—Pues que nadie escribe relatos eróticos a no ser que le interese el sexo, ¿no?
—Buff, no sé, no tengo datos, no conozco a nadie que escriba relatos eróticos.
—Pues yo a menganita la cliché en seguida. Le va, créeme, le va el tema.
Así pasó a detallarme la personalidad de todos los asistentes: el frío y calculador además de tacaño, la impulsiva y celosa, la negativa e insegura, etc, etc. Yo no acababa de creerme nada, y me sentía además como si estuviera invadiendo la intimidad de mis compañeros.
—Bueno, pues ahora me toca a mí, ¿no? ¿Cómo soy? Defíneme sólo por mi cara.
—Qué va.
—¿Tan malo es? No te cortes, si me da igual, no me lo creo mucho.
—No es ni malo ni bueno, es tu personalidad. Y si no te lo crees aun te lo digo menos.
—Vengaaaaa, andaaaaa, dímelo, que me lo creo, que me lo creo.
—No, no, paso…
—jooooo y ahora me dejas así, con la intriga?
—Pero si tu ya sabes como eres… ¿qué más te da que yo también lo sepa?
—Pues es que no creo que lo sepas, es más, estoy segura de que no tienes ni puñetera idea, jajajaa
—Vale, pues entonces ya está, no tengo ni idea…
—Dímelo, anda.
—No insistas, no te lo voy a decir.

Cambiamos de tema. Llegaron los postres, y los cafés. Me fui al lavabo. Al volver, ya no estaba, pero sí había cachondeo general.
—Tu reciente amigo se ha marchado, pero te ha dejado una notita en una servilleta, uyuyuyuyuyu…
Abrí la servilleta y me quedé flipada. Contenía las tres características de mi personalidad que mejor me definían.

martes, 7 de septiembre de 2010

Aburrimiento

Pelo gris y largo y algo sucio. Ojos callejeros que me miraron juguetones. Nadie más en la calle, me acerqué sigilosa. Ya frente a él, ante sus enormes ojos grises, sentí el acuciante deseo de tocarle. Lo hice. Primero con suavidad, tanteando. Pareció gustarle. Proseguí. Se estiró para que alcanzara mejor. Continué. Aumenté la intensidad. El ruido de unos pasos nos sorprendió. Se fue. Esperé a que volviera. No lo hizo.

Volví a buscarle al día siguiente. No estaba solo, se abrazaba a una amiga. Era negra. Pelo corto, algo sucio. Me ignoraron pero yo no me rendí. Murmuré palabras incitantes que captaron su atención. Me miró sorprendido. Le mostré una pierna, me rasqué los pantalones. Se acercó dudoso, expectante. Seguí provocando hasta contemplar el brillo que buscaba en su mirada, la expresión que antecede al ataque. Se abalanzó sobre mí. Me mordió. Ronroneó mientras me arañaba con sus pequeñas zarpas. Se retorció a mis pies en el suelo. Y yo quise llevármelo a mi casa.

Era un gato callejero, sin vacunas ni pasaporte. Llevármelo era ilegal, pero todo estaba resuelto. En una caja, en el coche. Lo subiríamos al barco. Si todo sucedía como a la ida, nadie nos registraría el equipaje. Lo esconderíamos en una bolsa de mano. Lo subiríamos al camarote. 22 horas después estaríamos en casa.
Pero mientras lo planeaba, un pensamiento molesto me rondaba sin llegar a definirse. Quise ignorarlo, pero siempre me sucede igual con los pensamientos molestos. Se forman, se acaban concretando en mi mente por más que intente evitarlo. Era éste: si me llevaba a aquel gato, lo condenaba de por vida a uno de los peores males según mi criterio: al aburrimiento. Lo convertiría en un gato gordo y castrado y burgués que comería pienso todos los días de su vida. Dormiría el 80% de su tiempo, solo, en mi casa. Su única ilusión sería sentarse sobre mis piernas por las noches y comer lonchas de jamón en dulce. Vacunado, alimentado y seguro. Pero aburrido. Ese era el precio.
Pensé en la vida que le esperaba sin mi intervención: fiestas nocturnas memorables, peleas callejeras para ganarse el favor de las hembras, convertirse (quién sabe) en macho alfa. Instinto cazador, búsqueda de alimento, satisfacción al encontrarlo. A veces pasar hambre, a veces también frío. Inseguridad, riesgo, adrenalina, intensidad, sorpresa.
Estabilidad vs. libertad, rutina vs. aventura, seguridad vs. riesgo. Ésa era la cuestión.
Dejé al gato de pelo largo y gris y sucio que tanto me gustaba donde lo encontré.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Necesito un grabador



Últimamente escribo mucho. Varios cuentos, varios capítulos de mi novela, numerosos post sobre anécdotas que me han ocurrido este verano….escribo sin parar. Por desgracia, y porque siempre tiene que haber algún pequeño detalle que agüe la fiesta, de nada de lo escrito queda constancia. Es porque escribo con el pensamiento.
¿Se puede escribir con el pensamiento? Si tomamos la palabra escribir al pie de la letra, pues no, evidentemente no se puede. Si empezamos ahora a ponernos puntillosos, sería más correcto decir que pienso que escribo, vale. Pero es que no por pensar que escribo me tomo menos molestias que si escribiera de verdad. No hablo de tener ideas en abstracto, hablo de redactarlas en concreto, mentalmente. De seleccionar las palabras justas, de hacer que juntas suenen bien. Así soy capaz de escribir frases, párrafos, páginas, incluso cuentos enteros. Si no transcribo estos pensamientos al papel en el momento en que llegan, es porque todo ese frenesí narrativo me sobreviene de noche, cuando ya estoy en la cama. Durante algunos minutos me debato entre levantarme o no. Me frena el miedo de que al encender la luz toda la magia desaparezca, como un gato callejero al que se le hace un gesto brusco. Así que opto por escribir en mi mente hasta quedarme dormida, con la firme intención de acordarme al día siguiente y de plasmarlo todo en un papel. A veces lo hago y el resultado es siempre decepcionante. Las frases que la noche anterior eran profundas y especiales, se transforman por la mañana en estériles y huecas, carentes de ingenio, completamente distintas.
Es por eso que creo que necesito con urgencia un grabador de pensamientos. No me importa si es de segunda mano, ni si viene lleno ya de pensamientos, prometo no leerlos. ¿Alguien me lo vende?

viernes, 16 de julio de 2010

Ebook

El otro día un compañero de trabajo me soltó, así, tan fresco, que él estaba seguro de que los libros de papel, con su portada y su tinta y sus hojas, tenían los días contados. Que desaparecerían. Que el ebook se impondría a la fuerza, que era el proceso natural, que nuestros hijos, bueno, sus hijos, se tomarían con la mayor naturalidad del mundo el hecho de leer los libros en una pantalla, y que los hijos de sus hijos, es decir sus nietos, encontrarían incluso algo de cómico en aquellos libros heredados de sus abuelos que tanto pesaban y tanto espacio ocupaban, y tan incómodos eran.
Que conste que no me cuento entre esa clase de personas que se resisten al progreso y dice que no a las innovaciones tecnológicas. No fui de aquellos que tardaron años en comprarse un móvil y mis padres nos compraron un ordenador de los primeros que salieron. Me gustan los cambios si son para mejor. Pero he de reconocer que con los libros me pierdo. La simple idea de que los libros de papel puedan desaparecer me hace poner los pelos como escarpias, me horroriza, me disgusta profundamente. ¿Cómo sustituir el acariciar el lomo de un libro, el tenerlo entre las manos, hojearlo, saborear ya de antemano las promesas que encierra? Es un vínculo absolutamente sensorial.
Imposible que desaparezcan, dije yo. Totalmente imposible. Te concedo que convivan, como la tele y la radio, pero es imposible que desaparezcan. Debatimos durante media hora larga. Me dijo que lo mío con los libros era puro fetichismo (cosa que no me atrevo a negar), que esa pasión era minoritaria, cosa de cuatro chalados, concretó, porque a la gran mayoría no le importa el formato de lectura, sobre todo si se consigue una pantalla realmente cómoda, que no canse a la vista. Los avances se imponen y hay que aceptarlos. ¿O es que acaso no te pasas tú tus buenos ratos leyendo blogs?, me dijo. ¿No es esa una nueva forma de lectura? Y ahí le di la razón, y pensé que igual debía disimular un poco mejor en el trabajo.

Piénsalo, me dijo, puedes tener en una pantalla todos los libros del mundo. ¿Para qué talar árboles, para qué gastar en impresión? ¿Para qué desperdiciar una habitación de tu casa sólo para acumularlos, para que se llenen de polvo?
Cómo hacerle entender que mi habitación de los libros es mi favorita, que es imposible hacer anotaciones en una pantalla, que todos mis libros me recuerdan momentos de mi vida…
Es difícil argumentar algo cuando los únicos argumentos que se tienen son de carácter sentimental, ninguno objetivo. Me dio qué pensar. Y al salir del trabajo me fui directa a la casa del libro a proveerme con más ganas que nunca. ¿Qué pensáis vosotros? ¿Morirán los libros de papel?

lunes, 3 de mayo de 2010

9 razones de por qué no me gustan los boys en una despedida de soltera


1. Odio los pantalones de material indeterminado que se quitan de un tirón por delante dejando al descubierto un tanga de leopardo/piel. No me parecen sexys, me parecen muy horteras.

2. El tanga de leopardo/piel, lejos de excitarme, me produce el mismo rechazo.

3. No me gustan los hombres que utilizan perfumes de mujer.

4. El aceite en la piel me parece muy sexy en algunos contextos. En la piel de un tipo al que no se le distingue claramente si es aceite o sudor, me da asquito.

5. Estoy de acuerdo en que si Dios te ha proporcionado una sola ceja muy poblada estés en tu derecho de convertir a “la ceja” en dos mitades. Separarlas de manera discreta me parece muy correcto. De ahí a aficionarte a las pinzas y terminar a lo Bette Davis hay solo un paso, que según tengo comprobado, los boys suelen dar con suma facilidad. Me repelen los hombres con las cejas muy depiladas.

6. No me gusta el tono moreno-rojizo-naranja de solarium.

7. No me gustan los culturistas. Físico atlético y fibrado sí, cruasanes que no pueden cerrar los brazos, no. Los boys suelen exagerar también en este punto.

8. No me gustan los hombres que utilizan camisetas de tirantes ajustadas. Si estas camisetas son de rejilla o transparentes, ya me dan escalofríos, pero si se acompañan de pantalones de un cuero o de plástico o del material que sea de los que se quitan de un solo tirón, ya me producen arcadas.

9. Porque hay que pagarles para que se despeloten, y un hombre al que se le ha de pagar para que se desnude, o es Jude Law, o ya es totalmente imposible que me guste.

lunes, 19 de abril de 2010

Calcetines



Mi actitud hacia los calcetines sorprende a casi todo aquel que la conoce. Y yo no sé qué tiene de extraña, me juego el cuello a que existen en este mundo cientos (qué digo cientos, seguro que miles) de personas con mi misma costumbre. Es más, a mí me parecéis raros todos los demás, ala, ya lo he dicho.
Vale, me voy a explicar antes de proseguir. El tema es que si tengo que utilizar calcetines que no sean de media, utilizo casi siempre (por no decir siempre) calcetines desemparejados. Y además de desemparejados, de diferentes colores. Mi pie derecho va de gris, y el izquierdo de negro. O uno de fucsia y el otro de blanco, o uno de azul marino y el otro de verde claro. ¿Quién fue el listo que dijo que los dos pies tienen que ir iguales? ¿Por qué?

Como en todo, éste hábito mío tiene su origen. Y este origen, como ya habréis supuesto los más espabilados, se trata de la mala costumbre que tienen todas las lavadoras de comerse a los calcetines. ¿Dónde van a parar? ¿Será que el motor de la máquina se alimenta de nylon? ¿O que lejos de lo que podemos sospechar, son los propios calcetines los que deciden escapar? Quizás entre tanta vuelta y tanto centrifugado, un calcetín gris conoce a un calcetín fucsia, coinciden en varias coladas, se miran, se gustan y deciden huir juntos. Nos encontramos en el tambor el próximo sábado, cariño. Hay que entender que los calcetines pasan mucho tiempo emparejados, y es necesario que lo estén con quienes realmente deseen. O tal vez nos encontramos ante calcetines independientes, que no nacieron para ser calcetines. Yo es que nací con alma de bufanda, diría un calcetín blanco. Y huiría en busca de su destino. Algo, estaréis conmigo, completamente lícito.

En todo caso, lo que hacen o dejan de hacer los calcetines desaparecidos, y cuál es su fin, ese es un misterio que no me propongo yo resolver aquí. Lo que sí quisiera explicar de una vez por todas, es por qué un día decidí que usar un calcetín verde y otro lila era algo de lo más natural. Como he dicho antes, (y si no lo digo ahora), no es por rareza ni excentricidad. Es tan solo por una cuestión de practicidad. Para qué relegar a un calcetín solitario a un cajón a la espera de que su compañero decida volver, si se puede emparejar con otro que también haya perdido a su pareja, y juntos pueden cumplir perfectamente con su función en la vida. Y una vez puestos a emparejar desemparejados, ¿por qué no desemparejarlos directamente a todos, y así no tener que volver a marearme nunca más buscando parejas o pensando en si sobran o faltan calcetines?. Si sobra alguno, sólo hay que esperar un par de coladas más hasta que sobre otro. Ya está. Así de simple. Y desde que lo probé, mi vida es un poco mejor. Aunque es cierto que se trata de un hábito de rebelión privada (los llevo con botas y no se ven), no tengo ningún problema en descalzarme en las zapaterías y mostrar mis pies bicolor. No me avergüenzo en los vestuarios del gimnasio, ni cuando me quito los zapatos de manera improvisada en cualquier momento. La vida es infinitamente más alegre cuando uno lleva los calcetines de diferentes colores. Ese infringir las normas, ese decir, pues yo me pongo los calcetines así por que me da la gana, qué pasa, a mí me da un plus en la vida. Un pequeño plus, no vayamos a exagerar, pero es un plus al fin y al cabo. Y yo, a los pluses en la vida, por absurdos y pequeños que puedan parecer, no los desprecio a ninguno.
Si alguien se decide a probarlo que me cuente.


miércoles, 24 de marzo de 2010

32


Lo primero que he pensado es que debía cambiarle el nombre a este blog. Ya no está tan reciente la cosa. Dos años parece un tiempo prudencial, amplio, a todas luces suficiente, un tiempo que debería garantizar una adaptación plena, una aclimatación adecuada a la década que se menciona. Bien, dicho esto, concretar que no para mí. Yo en dos años ni me he aclimatado a la treintena, ni me he adaptado, ni ganas que tengo de hacerlo. No me apetece en absoluto acometer las nuevas responsabilidades asociadas a esta década. Habrá quién opine que es necesario avanzar en la vida, que es incluso interesante. Bien, respetable, pero yo opino que lo de avanzar está sobrevalorado. Preferiría mantenerme. Mantenimiento, esa es la palabra. Quedarme como estoy durante mucho, mucho tiempo. Avanzar, de acuerdo, pero despacio. Que un año cunda lo que tiene que cundir, que no pase de largo dejándome despeinada, y con la sensación de ¿ya?. Tampoco estoy pidiendo la luna, ¿no?
Últimamente vivo en una terrible paradoja: quisiera estirar el tiempo para poder hacer más cosas, y sé que la única forma posible de estirar el tiempo, es dejar de hacerlas.

Toda esta digresión viene a cuento porque hoy es mi cumpleaños. Me encantaría ser de esa clase de personas (si es que existen), que llevan estupendamente el hecho de cumplir años. A mí me sienta fatal pasar de un día para otro a tener un año más. Hace exactamente un año y un día, tenía 30, y ahora tengo 32. Pues me sienta mal, que queréis que os diga, me sienta mal.
Ahora vendría el consuelo de la gente mayor que yo, tipo: “quien los pillara, si eres una cría” y de la gente menor que yo, tipo: “pues no los aparentas”. Y ambas versiones de consuelo me hacen mucho bien. Así que no os cortéis, por favor, adelante, adelante...
Y en cuanto al título del blog, de momento se queda como está. Aún puedo estirar lo de la treintañera reciente por lo menos un año más. A fin de cuentas, sigo estando más cerca de los 30 que de los 35.

viernes, 19 de febrero de 2010

3 en 1

Yo quisiera tener tres cuerpos. ¿Nunca lo habéis pensado? Eso sí, regidos los tres por un mismo cerebro, no quiero tres hermanas gemelas pululando por ahí. Yo lo que quisiera es ampliar posibilidades porque tener un solo cuerpo, quieras que no, limita. La manera de funcionar no la sé, yo en cosas técnicas no me meto, pero tampoco debe ser tan complicado que tres cuerpos funcionen a la vez regidos por un mismo cerebro, como si estuvieran trabajando en red con un servidor central, o algo así, ¿no? Igual habría que aumentar la capacidad, no digo que no, que procesar la información de tres cuerpos debe ser agotador.

¿Para qué quiero yo tres cuerpos? Vale, el primero se quedaría como está, que ya está muy bien así. Seguiría siendo la yo de ahora.
El segundo cuerpo no estaría aquí. Estaría viajando por el mundo y viviendo a salto de mata. Me gusta, pues me quedo, me rallo, pues me voy, un par de años en Australia, un par en Costa Rica o Japón o Chile, o la Polinesia, o Argentina, o Uruguay, o donde fuera. Trabajando de lo que saliera, con mi mundo en una mochila y viviendo sin planes. Conociendo a gente de lo más peculiar, y sin tener ni idea de lo que me va a pasar mañana. Una vida así debe molar y mucho. En caso de apuro, este cuerpo se dejaría financiar por los demás (que son ella misma, es decir yo).
Al tercer cuerpo yo lo ocuparía en las ocasiones perdidas. Me explico: aquellas veces que tienes dos opciones y hay que elegir, y eliges, y nunca sabes qué hubiera pasado si hubieras elegido la otra, y siempre te queda la intriga. Ahí está esa otra, una especie de recoge-pelotas de la vida. Y una ayuda, oye, que hay que ir a comprar pero tengo ganas de escribir, pues nos repartimos.
Tres cuerpos en uno. A ver, podría pedir más cuerpos, pero no me gusta exagerar. Con tres creo que se puede alcanzar el equilibrio, conseguir no tener la sensación de que haciendo unas cosas te pierdes otras. Yo lo veo una buena idea. Genial, de hecho. Tan buena que creo que no es mía. ¿No fue Dios, el que decidió ser padre, hijo y espíritu santo, todo a la vez? Pues que tampoco se conformaba.