martes, 26 de enero de 2010

La cuestionable ética del profesor Antonio Banderas

Admitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creamos que la segunda suele ser por villanía.(José Ingenieros)


Fue en 2º de BUP o en 3º, ahora no estoy segura, que tuve un profesor de ética llamado Antonio Banderas. Ahora estoy dudando también si era de ética o de filosofía. Da igual. Como tengo tan mala memoria, y la poca que tengo es selectiva y la suelo emplear en otro tipo de cosas, ya me corregirá quién me tenga que corregir si me equivoco en los detalles, que no en el contenido, que éste sí lo recuerdo bien.

Como decía, el profesor que impartía ética o filosofía, o las dos, llegó el segundo día de clase y nos dijo: sacad una hoja en blanco. En ella vais a escribir de forma anónima lo que opináis de vuestros compañeros. No de todos, sólo de los que os llamen la atención, para bien y para mal.
Uff, pensamos todos. Y procedimos, amparados en un anonimato cruel y adolescente, a poner a caldo al personal. Era la primera semana de clase, y la mayoría apenas nos conocíamos, así que nuestras opiniones se fundamentaron principalmente en nuestras breves primeras impresiones. El profesor con nombre de estrella Hollywoodiense recogió las cartas, las mezcló, y procedió a leerlas.
Todos esperábamos con la tensión reflejada en nuestros púberes rostros salir lo mejor parados posible del juicio al que sin comerlo ni beberlo nos íbamos a ver sometidos. No hubo tiempo de leerlas todas, pero sí la mayoría. Yo terminé la clase con una extraña sensación agridulce en el cuerpo, aunque más dulce que agria. Se me mencionó bastante, sí, pero en general más para bien que para mal. Recibí unas críticas positivas completamente entusiastas que compensaron y eclipsaron a mi parecer las críticas negativas que también recibí, y por cierto redactadas con igual entusiasmo.
No pudo decir lo mismo alguien, a quien para proteger su anonimato voy a llamar “X”.
“X” aparecía en casi todas las cartas, pero en ninguna para bien. A “X” la insultaron, la criticaron con saña, de manera hiriente, donde más pudiera dolerle. Si queréis saber qué le dijeron exactamente, me lo voy a tener que inventar porque no lo recuerdo: borde, enterada, gilipollas, prepotente, me cae fatal, no la soporto con esa cara de rata, etc etc… Insisto en lo de la corrección de los detalles, aunque creo que no voy muy errada en la clase de cosas que “X” tuvo que escuchar. Demasiado para una pobre adolescente en plena edad de reafirmación. “X” salió de clase llorando, se introdujo en un lavabo y de ahí no hubo quien la sacara. Por cierto, he dicho “la insultaron” y no “la insultamos”, porque a mí me caía bien. Yo la conocía del año anterior, y me hacía gracia su humor afilado, sus contestaciones secas y muchas veces ciertamente bordes. Sabía que tras su fachada se escondía una buena tía, así que me dio mucha pena no haberlo mencionado en mi carta. Creo que fui la única que no la nombró ni para bien ni para mal.

Antonio Banderas llegó al día siguiente, o cuando tocara, con la extraña noticia de que había perdido el resto de las cartas, así que teníamos que volver a realizar el ejercicio. Sorprendentemente, esta vez a “X” todo el mundo la quería. “X” era de lo mejorcito que había en clase y en el instituto entero. Nadie, absolutamente nadie de los que la pusieron a parir en la primera carta repitió su crítica, es más, “X” no recibió sino halagos y buenas palabras, incluidas las mías, que vi en esa segunda carta la oportunidad de enmendar mi error. ¿Hipocresía la de todos? ¿Lástima? Yo creo que más de lo segundo que de lo primero, agudizado por un intenso sentimiento de culpa al ver la reacción de “X” al escuchar todas las críticas.

Siempre pensé que Antonio Banderas no había perdido las cartas. Siempre sospeché que nos puso a prueba, que nos utilizó para extraer empíricamente sus conclusiones sobre la naturaleza humana. A día de hoy me sigue pareciendo una crueldad. ¿Vosotros querríais saber qué piensa realmente sobre vosotros la gente que os rodea?

viernes, 15 de enero de 2010

Patadas

Pase con que digas “asín” todo el tiempo, con una sonora y remarcada “n” final. Pase, en serio, no me importa, no me molesta, me da igual. Si tú consideras que la palabra queda más completa así, yo ahí no voy a entrar. No me da rabia.

Tampoco me molestan tus leísmos: “dámele”, por poner un ejemplo, o “pásamele por e mail”. Bueno, en verdad sí que me molestan un poco, pero puedo vivir con ellos.
También puedo perdonar que utilices mal el pasado. Comprendo que te pueda parecer muchísimo más pretérito decir “ayer paseemos al perro”, que “ayer paseamos al perro”. Te abofetearía cuando lo haces, pero lo puedo soportar.
A lo del “haiga” no le encuentro justificación posible, pero me aguanto.

Pero por donde ya no paso, por donde no puedo pasar aunque quiera, es por el “y sin en cambio”. Eso sí que no. Con ese no puedo, no puedo, de verdad. Por favor, no lo digas más. “Y sin en cambio”, en la lengua castellana, no existe. Querrás decir “y sin embargo”, o “en cambio”, a secas. El híbrido entre las dos, insisto, no existe.

martes, 12 de enero de 2010

Breve catálogo de mis pequeños placeres cotidianos

1. Explotar burbujas del papel de burbujas.
2. Introducir los dedos en una vela de gelatina.
3. Pelar pipas para comérmelas todas juntas.
4. El flan royal.
5. El caramelo líquido del flan royal.
6. El caramelo líquido de cualquier flan.
7. Entrar en un sitio donde el aire acondicionado está al máximo para después salir a la calle que está a 40º, da un escalofrío muy bueno. La versión invernal: alternar piscinas de agua helada con agua hirviendo.
8. Quitarme los zapatos después de un día entero caminando con tacones.
9. Chocolate puro, chocolate con leche, chocolate blanco, chocolate con almendras, chocolate con avellanas y chocolate inflado, si puede ser de la marca Ritter.
10. El dulce de leche, las crepes de dulce de leche, el helado de dulce de leche.
11. Un bocadillo de leche condensada.
12. Despertar creyendo que es lunes, y es sábado.
13. Despertar a media noche y saber que aun me queda media noche de sueño.
14. Despertar de una pesadilla en la que soñaba que ojala fuera una pesadilla.
15. Clavarme suavemente un palillo en la uña.
16. Una mandarina y/o naranja, que me haga llorar de lo ácida.
17. Las guindillas.
18. El agua después de las guindillas.
19. Una uva explotando en la boca.
20. Chupar un limón.
21. Tumbarme al sol el primer día de primavera.

lunes, 11 de enero de 2010

El juego que arruina tu vida

Yo pensaba que las personas que acudían a determinados programas de telebasura eran actores a los que algún guionista de poca monta les preparaba las historias. Me parecía imposible que alguien asistiera por su propia voluntad a airear sus miserias en televisión. Pues me equivocaba.

"¿Viste el juego de tu vida?” me han preguntado ya varias personas. Y no, no lo vi. De hecho ni siquiera sabía que existía el tal juego de tu vida, pues lo dan muy tarde. Cuando me explicaron la mecánica del concurso me reí. Se trata de que el participante se sienta y se le empiezan a formular preguntas sobre su vida personal muy fuertes. El concursante está conectado a un polígrafo, y si contesta con la verdad va ganando dinero, si miente, lo pierde todo. Las preguntas son del tipo “¿te has avergonzado alguna vez de tus padres?” “¿has pensado alguna vez en acostarte con la mujer de tu hermano?”, y perlas así.
Son actores, claro, piensa todo el mundo. ¿Quién va a ser tan gilipollas de ir a un programa así? Pues los hay. El motivo de que todo el mundo me preguntase si había visto el concurso, es que el otro día asistió el propietario de una panadería-pastelería muy conocida aquí. El tío iba acompañado de su mujer y de su familia, y empezaron con preguntas sencillitas. Poco a poco empezaron a subir el tono. Le preguntaron si tenía fantasías homosexuales con alguno de sus trabajadores, y el tío respondió que sí. Si se había acostado con hombres, y también dijo que sí. A a su mujer empezó a cambiarle la cara.
Después empezaron las preguntas sobre la panadería: “¿te has masturbado alguna vez utilizando alguna herramienta de la panadería?” y la respuesta de nuevo afirmativa. “¿Has introducido tu miembro viril dentro de la masa de algún pastel y después lo has puesto a la venta?” y en ese momento alguien de su familia apretó un botón para que no respondiera, así que imaginaros la respuesta. Lo cierto es que no sé cómo se le ocurre a alguien preguntar algo así, pero aun menos cómo la presentadora no se muere de la risa. Yo no creo que hubiera podido terminar de formular la pregunta mirándole el careto al personaje.
Total, que llegaron a la última pregunta, la de los 100.000 euros. La pregunta era sencilla (si tenemos en cuenta todas las burradas que ya había dicho). Le preguntaron si era cierto que disfrutaba más en la cama con hombres que con mujeres, y el panadero dijo que no. El polígrafo dictaminó que mentía, y se fue para su casa sin ver ni un duro.
El programita me parece el colmo del morbo, la telebasura elevada a la enésima potencia, pero es que lo de los participantes no tiene nombre. Hay que ser muy, pero que muy imbécil para ir a un programa así. Incluso alguien que no tenga nada que esconder sale de ahí escaldado.
Por suerte nunca había comprado ni un pastel ni el pan en esa panadería. Pero ahora seguro que ya nadie lo hace.

domingo, 10 de enero de 2010

Marcapáginas



Yo tengo la teoría de que existen en esta vida dos tipos de personas: los que utilizan marcapáginas para saber por dónde se han quedado en un libro, y los que directamente doblan las esquinas de las hojas.
Yo pertenezco al segundo grupo. En mi opinión, un libro que se ha disfrutado a consciencia no puede terminar impoluto, virginal, nuevo, como si nadie lo hubiera tocado. Sería para mí el equivalente a salir de la cama peinada. Raro. Sospechoso.
Yo creo que un libro que te ha hecho disfrutar, lo mínimo que se merece es que quede constancia física en alguna de sus páginas. Yo, además, no me limito a doblarlas. Cuando el libro lo merece, realizo discretas anotaciones en los laterales, subrayo algunas palabras que me gustan o me disgustan. A veces, (pocas) frases enteras. Cuando un libro me enamora, me baño con él, como con él, leo de pie mientras llueve y estoy esperando en la calle. Por mucho cuidado que tenga, ¿cómo pretender que de eso no quede constancia alguna? Para un libro debe ser un orgullo terminar así, repleto de su propia historia y de la de su lector. Por eso me encantan los libros de segunda mano. Siempre espero encontrar una segunda historia dentro de la primera, algo de personal del primer propietario. Me encanta tener un mínimo indicio con el que ir tirando. Si la página está doblada en cierto punto, ¿por qué? ¿se aburría? ¿le llamaron por teléfono? ¿llegó al trabajo?, ¿le entró sueño?. ¿Por qué terminó el libro en un mercadillo? ¿Se murió el dueño? ¿necesitaba dinero? ¿se fue del país y tuvo que deshacerse de sus libros? Lo cierto es que casi nunca encuentro nada interesante en ninguno, pero no pierdo la esperanza.
Así que no me avergüenzo de afirmar que yo doblo las esquinas de las páginas de mis libros, aun a riesgo de que me tachéis de descuidada o de irrespetuosa o de poco delicada. Y es que soy consciente de que este hábito molesta, y mucho, a los que utilizan marcapáginas.

Si os fijáis, he iniciado este post diciendo que creo que existen dos tipos de personas. Y he dicho personas en vez de lectores porque creo que esta clasificación se puede aplicar también a otros ámbitos de la vida. Me explico: a los que pertenecen al primer grupo, nunca les salen bolas en los jerseys. Más ejemplos: no acarician a los animales para no llenarse de pelos, no se tumban en la hierba si no llevan una toalla para no mancharse los pantalones. Los del segundo grupo son más impulsivos y se manchan más.
En fin, ni mejor ni peor, tan solo diferente, y en cierto modo equilibrante. Creo que las relaciones más duraderas son las mixtas, porque a pesar de sacarse de quicio, también se compensan. Dos del segundo grupo juntos, suele ser demasiado. Intenso, divertido, auténtico y para siempre mientras dura, aunque dura poco. Dos del primer grupo juntos, no tengo ni idea de cómo funcionan.

¿Y vosotros? ¿Utilizáis marcapáginas o dobláis hojas?